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Volver una vez más

Aurelio Nakasone, Miguel Yonamine, Julio Yamashiro, Richard Fukushima, Jorge Yano y Luis Maeshiro.

Cuántas veces volvemos a nuestros inicios. Tal vez en el tiempo de la vida sean muchas las veces que nos toque volver. Y hoy, como prueba de un cariño, fatigué mis manos con mi raqueta de tenis en las canchas del AELU. Una pichanguita como hace tantos años atrás, cuando la dicha de jugar era un pasatiempo con los amigos que poco a poco nos fueron dejando. La Vida. Aquella que ya figura en el viejo calendario de lo que vivimos y que, de a poco y sin mucho ruido, nos fatiga el alma en cada día que por suerte nos toca vivir.

Ya estando en los ochenta años de vida, el cuerpo siente que hay un permiso especial para cada asombro que nuestros ojos nos gravitan en cada mañana de nuestro despertar. Solemos volver de la fatiga de un encierro y el lecho en su dinámica nos muestra que nuestras piernas tienen el ritual de la esperanza y que la memoria, en su escondido deseo, nos ahuyenta del olvido que se tiene con los años que hoy nos toca vivir.

Tito Ychikawa y Julio Yamashiro.

Volver jamás será la repetición exacta de nuestros viejos calendarios. Ni el asomo repentino del fiel amigo que nos cruzamos en el día a día. Volver es simplemente nuestro presente, el término fugaz de nuestro asombro por aquello que fue ritual de una vida que pasó y se fue. Hoy enciendo la nostalgia de aquellos que ya no están presentes. De aquellos que, sin mirar los días ni los meses, disfrutaron cuántas horas de fatiga colectiva en las rojizas canchas del deporte. ¡Qué tiempos aquellos que no volverán! Y recordar a dos grandes tenistas de mi época: Tito Ychikawa y Julio Yamashiro.

Y del cual tenemos una vasta memoria escondida entre el caudal de nuestros recuerdos. Y ahí fijamente contemplamos el sudor de unas tardes de Tenis en el umbral que nos fija, un viejo y arrugado almanaque que formula entre sus números los treinta años que han pasado. Un diluvio de horas que ya no se repiten en el seno de nuestras vidas, solo y con el permiso de unos pensamientos, volteamos la luz eterna del recuerdo en aquel comienzo que supo guiarnos por una vida perfecta que ya no volverá.

Es entonces que tomamos la idea de mostrar lo ya vivido y palpar en el tiempo ido las frías imágenes que muy pronto se convertirán en recuerdos. Aquellos años donde el correr era en nuestro camino el siguiente paso a dar. Y el amigo con la pereza del trabajo solo atinaba a mover la cabeza, esconder el hombro, caminar risueño y palpar en el destino la luz intensa de la noche. Aun así, la pesca para nosotros fue un tema diario en cada momento que el mar invitaba. Y ahí, entre las hazañas de las inmensas playas, el recordatorio de una pesca que tuvo como fin vibrar con el tormentoso apego de hilar sobre las olas, esa corona que el sentimiento de un pescador lo lleva entre el torbellino de su alegría y la pasión de ver jalar a la presa.

Hoy la gran mayoría ha partido y, sin lugar a dudas, los resecos hilos de pescar tienden a sentir el lejano grito del olvido. Ya no habrá más el plomo en su comienzo, ni los anzuelos predicando el temblor de un lanzamiento. La tabla –como bien la llamábamos– será una carcomida madera frustrado en la canasta y el saca-vueltas tendrá la pasión de su nombre encerrado en una tosca lata, olvidado por los años. Solo el mar en compañía de la nostalgia agita el verbo de unas olas que dibujan en la arena el sentimiento, la pasión, la esperanza y esa risa sonora y fiel de la cual hacíamos alarde por un chiste bien contado o una pregunta que llegara al fondo del silencio. Y de aquellos que fuimos fieles a la pesca aún me quedan sus nombres en el contexto de la nostalgia y del recuerdo: Armando Uema, Máximo ‘Cholo’ Hirano, Jaimito Vattuone, Luis Matsumura, Víctor Guerra, Pedrito Luna.

Eran otras épocas, otros años, otros lugares, no llegar a los veinte años era pedalear la bicicleta de por vida, imitar las travesías de Teófilo Toda (el ciclista nisei más famoso del deporte del pedal) y llegar a Huancayo con el corazón palpitante y lleno de pasión. Ahí, sobre Lomo Largo, era zigzagueante la subida y el penoso deseo de tomarse una gaseosa. La lluvia muchas veces nos encerraba entre una pista húmeda o una chacra que fingía plantada de eucaliptos, la ruta tan conocida por nosotros era una especie de solaz recuerdo. Al tomar la calle Real y voltear en Giráldez, para luego subir al cerrito La Libertad y apreciar desde ahí a la hermosa ciudad de Huancayo.

Cómo no recordar el cafetín de la familia Uchida, donde tres bellas damas estaban presentes. Guillermina, Marcela y Esther y, al lado de Víctor Nakasone e Hiro Kanashiro, dejábamos las bicicletas para tomarnos un café. O tal vez en la calle Giráldez, en un taller de modas con tres simpáticas damas: Adela, Gloria Yamaguchi y Felicita Hojo nos llenaban de atenciones a los nisei jaujinos. Cuántos recuerdos de aquellos años de la década de los cincuenta, de formar el Club Nisei Jauja con la ayuda de Víctor Aritomi, y dejar una huella importante como es la Compañía de Bomberos de Jauja. Y las fiestas de carnavales de los años 1959 y 1960, tanto en Jauja como en Huancayo, donde la juventud nisei de aquellos años vivíamos constantemente entre bailes y amistades. Aquello debería volver en el recuerdo de muchas personas de la tercera edad y en especial de los nisei de Huancayo y Jauja, muchos de los cuales ya no están con nosotros.

Luis Iguchi, Guillermina Uchida, Margarita Higa y Teresa Nakahodo. Carnavales año 1959. Club Nisei Jauja.

La ilusión de la pelota fue la pasión de mi infancia. Con ella gravitaba en el sentir de anular los estudios y en el juego de buscarla, patearla, agarrarla y, sobre todo, embolsarla. Dejé de pasar mis años de estudiante por la pelota. Penosas eran las calles sin ella y, en su dominio triste, desfigurar la redonda que se cubría con las medias de la tía Maximina Miyada. Luego vendría la de jebe, en un color rojo apagado. No eran grandes, pero para nuestra voluntad eran el fin de un gol en los arcos hecho de piedras y adobes. Ahí, en La Samaritana y en donde su tosca bajada nos regalaba un pilón de agua, con un chorro interminable que nos apagaba la sed y nos dejaba angustiados de volver a jugar al día siguiente en horas de clases.

Con la edad de 18 años, el Club Nisei Jauja que recién se formaba, tuve el orgullo de salir campeón en la Segunda División del Fútbol y el año siguiente, jugando en Primera, quedamos últimos en la tabla. Repentinos y fugaces los campeonatos, como repentina y fugaz fue la vida institucional del Club Nisei Jauja. Hoy me cuentan que tal vez ya no quede nadie de la Colonia Japonesa de entonces y que mi amigo José Kato nos dejó por siempre hace tres años. Él tenía un bazar en el Parque Principal que era de su padre. Y pensar que en los años que llegué a Jauja (1948), veinticinco familias y doce jóvenes nisei vivían en la ciudad.

Volver. Es lo que hago cada cierto tiempo, visitar la ciudad de Jauja sea con mi familia o con mis amigos. El tiempo nos ha dado tantas sorpresas, como cuando siete años atrás, con Samuel Matsuda, Víctor Ykeda y Juancito Kanashiro nos encontramos en el Parque Principal con José Kato y visitamos la casa de Julio Tayra. Ya el amigo Julio se sentía mal y hoy tal vez llegando al Cementerio de Jauja los amigos y muchos conocidos serán parte de mi visita y rutina de siempre, de ir al Campo Santo donde todos descansan en paz. La vida es solo la prolongación de todos los recuerdos que pasan por nuestra mente. Y volver cuántas veces el cuerpo y la soledad nos inviten. Fue la felicidad que disfrutamos, los años vividos.

 

© 2022 Luis Iguchi Iguchi

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