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Migrantes en el limbo

Aeropuerto Jorge Chávez en Lima: punto de partida de miles de nikkei peruanos que migraron a Japón. (Foto: Renato Pajuelo / ANDINA)

Con los años, me parece que se ha impuesto un relato positivo sobre el fenómeno dekasegi. Al menos desde Perú. En los medios predominan las historias de exdekasegi cuya experiencia en Japón (ahorros, reforzamiento de valores, formación del carácter, etc.) contribuyó a cimentar su nueva vida en Perú tras su retorno.

Muchos se compraron casas, pusieron negocios o se hicieron profesionales. Con mayor o menor suceso en sus vidas posdekasegi, la mayoría —creo— tiene una percepción aprobatoria de su etapa en Japón.

No era así al principio. Recuerdo que en los primeros años se comentaba mucho el impacto negativo del fenómeno dekasegi. Se ponía énfasis en el rompimiento de las familias o en la sangría de jóvenes (incluso en la comunidad nikkei se hablaba de una “generación perdida”).

Ya no se habla de eso. Supongo que se debe a que hemos alcanzado cierta estabilidad. No es como en la década de 1990, cuando había un constante tráfico entre Perú y Japón, gente que iba y venía, familias que se separaban y se reunían, gente que volvía a irse, familias que volvían a separarse, proyectos de vida que mudaban de país, incertidumbre sobre el destino definitivo, etc.

Hoy no existe una movilidad de esa magnitud. Tampoco hay incertidumbre (o no tanta como antes). La gente está asentada, ya sea en Perú o Japón. ¿Qué hago?, ¿me quedo?, ¿me voy?, son preguntas que han perdido vigencia.

Sin embargo, que no se hablen de ciertos temas no significa que no existan. Hace un tiempo, un amigo me contó con tristeza que su madre, que había regresado a Lima después de vivir más de 25 años en Japón, no se acostumbraba a Perú, sufría por el desajuste y quería irse nuevamente a Nihon.

Para él, que había crecido añorando a su mamá e imaginado una vejez feliz para ella en compañía de su hijo y sus nietos tras una vida de arduo trabajo en Japón, fue muy doloroso.

La narrativa dekasegi, signada en los últimos años por las historias de gente que en líneas generales alcanzó los objetivos por los cuales migró, tiene también un lado sombrío.  

Ahora bien, hay una zona gris, quizá intermedia, en la que había reparado poco hasta que vi una película llamada Made in Argentina.


“¿QUÉ HACES TAN LEJOS?”

La película está escenificada en la segunda mitad de la década de 1980 y sus protagonistas son una familia argentina que vive en Estados Unidos y regresa por un breve periodo a su país tras diez años de exilio.

La familia —papás y dos hijas— migró sin nada. Hoy, sin embargo, tienen bienestar material y su arraigo en Nueva York, la ciudad donde residen, es sólido.

En Argentina se reencuentran con una familia con la que ellos están emparentados y que, a diferencia de los neoyorquinos por adopción, viven casi con lo puesto, rascando la olla, funambulistas de la supervivencia como millones de personas.

Cuando ambas familias se encuentran saltan los contrastes, en especial cuando se plantea la posibilidad de que la residente en Argentina también migre a EE. UU.

El hombre quiere irse. Estados Unidos es la promesa de prosperidad económica, la gran oportunidad de salir por fin de la pobreza, así como de dejar atrás un país de proyectos fallidos de nación, de decepciones crónicas.

La mujer, en cambio, se opone ferozmente porque para ella migrar significa desarraigo, la pérdida de la vida en comunidad, de las raíces heredadas de los antepasados y reforzadas por los afectos, las penas y alegrías compartidas. La vida en este país es dura, pero es tu país, para lo bueno y lo malo, y aquí te quedas y la peleas.

¿Quién tiene la razón? Creo que ambos la tienen. Mejor dicho, las dos partes tienen sus razones y son válidas.

Quien comprende mejor a la mujer que no quiere migrar es Osvaldo, el “neoyorquino”. Pese a que su familia lleva una vida cómoda en el extranjero, el desarraigo le pesa como un saco de piedras. El exilio, dice él con pena, es no tener con quién tomarse un café en NY. Es una vida sin conexiones.

Durante una celebración familiar, llena de risas y bailes, un tío le dice: “¿Qué mierda hacés tan lejos? ¿Hay algo más lindo que esto? La familia, estar todos juntos”. Osvaldo no responde, solo sonríe con resignación.

Me pregunto cuántos peruanos en Japón se sentirán identificados con Osvaldo y habrán atravesado por situaciones similares cuando retornaron temporalmente a Perú. ¿Qué haces tan lejos?, les habrá preguntado algún pariente. Aquí están tu país, tu comunidad, tus raíces.

Yendo más lejos, imagino un escenario parecido al que plantea la película. Por un lado, una familia peruana establecida en Japón, donde lleva una vida tranquila y segura que logró construir tras huir de la crisis económica y el terrorismo en Perú, pero quizá aislados y desconectados de la tierra que los alberga. Por el otro, una familia que se quedó y aguantó como pudo, y sigue aguantando, pero enraizados en una comunidad de afectos que abarcan a familiares y amigos.

¿La familia que se quedó en Japón se preguntará si valió la pena migrar, si mejor no hubiera sido quedarse en Perú y resistir? Tal vez sí, pero supongo que cuando se enteran de que en su tierra de origen matan a gente para robarle su teléfono móvil respiran aliviados, pensando que felizmente viven en un país seguro como Japón.

Hay tantas posiciones como personas, y como escribí antes, todas pueden ser válidas. Depende de cada persona. Más aún, es posible que dentro de cada uno de nosotros cohabiten posturas opuestas.

Quiero decir, ves con desaliento cómo tu país, terreno fértil para los políticos depredadores, se hunde y dices qué desastre. Luego piensas: sí, es un desastre, pero es mi desastre. La pertenencia también se alimenta de la adversidad. Pero después te roban en la calle y dices al diablo con la comunidad, las raíces y todo eso, lo único que quieres es vivir sin miedo a que te asalten. A veces hasta es difícil ponerse de acuerdo con uno mismo.

Aeropuerto de Narita en Japón: punto de llegada de los peruanos a un país que muchos han convertido en su destino definitivo. (Foto: Lourdes Tan)  

EXTRANJERO EN TU PAÍS

Más allá de lo que podamos teorizar sobre el desarraigo, este se hace descarnadamente concreto en las experiencias de dos personajes de la novela Como polvo en el viento, de Leonardo Padura, que versa sobre un grupo de amigos cubanos a los que la migración separa.

Uno de ellos vive en Madrid, y pese a haberse asentado en su nuevo territorio, sin las carencias materiales y el miedo que lo atenazaban en Cuba, sufre la distancia: “Se sentía atrapado por una tristeza impermeable: aquel calor no era su calor, sus nuevos amigos eran solo eso, nuevos (o segundos) amigos, no sus amigos.

El otro reside en Buenos Aires y en una carta que dirige a sus amigos que se quedaron en Cuba escribe: “No somos de aquí”. ¿Por qué? “Porque acá es como si no existiéramos, es como si fuéramos fantasmas, o los invisibles, y sabemos que nadie nos va a llamar para averiguar cómo estamos, dónde andábamos, qué hacemos”.

¿Entonces? No hay respuestas fáciles. Sobre todo —me imagino— para los peruanos que migraron a Japón cuando eran jóvenes y hoy se acercan a la jubilación. ¿Dónde pasar la vejez?

Tal vez varios quieran regresar definitivamente a Perú, pero temen que les suceda lo mismo que a la mamá de mi amigo: sentirse desubicados, inconexos, extranjeros en su propio país. Es paradójico: vuelven a su tierra para recuperar el sentido de pertenencia y comunidad, y resulta que ya no pertenecen a Perú. El país que los vio nacer, en el que se criaron, ha cambiado mucho en 20 o 30 años, incluso la familia. Nada es lo mismo.

Debe de ser muy duro descubrir que no pertenecen a ningún lado, peor en el caso de Perú porque es su país. Si uno va a ser extranjero en su propio país, quizá sea mejor serlo en un país extranjero. No pertenecen a Japón, pero al menos están acostumbrados a él.

Otro personaje de Como polvo en el viento, un argentino afincado en Estados Unidos, dice: “Siento que ya no soy de allá (Argentina), pero también que no puedo ser de ninguna otra parte”.

¿Cuántos peruanos en Japón se sentirán identificados con esa frase?

En todo caso, en las historias que nos contamos sobre los peruanos que migraron a Japón hay mucho más que solo relatos de éxito (o de familias rotas). No todo es bueno o malo, hay un limbo que también sería bueno explorar y mostrar.

 

© 2022 Enrique Higa Sakuda

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